Por: Fernando Jeannot.
Allá por 1972 el rey de Bután Jigme Singye Wangchuck, pecó de grandilocuente al inventar el concepto de Felicidad Nacional Bruta refiriéndose al valor agregado de mercado producido en el ámbito cultural de esta nación; es decir, el ambiente generado por los usos, costumbres y creencias; particularmente el budismo.
Sorprendió al pensamiento occidental dominado por el teoricismo neoclásico quien; hasta entonces; ignoraba casi por completo a la economía de la felicidad.
Actualmente, ha corrido mucha agua bajo los puentes de Bután y del resto del mundo, por lo que podemos comentar sin ningún sobresalto la supuesta economía de la felicidad realmente existente en Bután.
En 2026, existen varios indicadores de la economía de la felicidad además de la Felicidad Nacional Bruta del rey Jigme Singye Wangchuck: el Índice de Progreso Genuino de los EE. UU.; el Índice del Planeta Feliz de la New Economics Foundation; el Índice de Desarrollo Humano de la ONU-PNUD; y el Better Life Index de la OCDE. Evidenciando el etnocentrismo de su Majestad, la Felicidad Nacional Bruta no admite comparaciones internacionales, mientras que los restantes sí.
Como Bután no es el ombligo del mundo, sino una entre las más de doscientas economías nacionales que componen al planeta; es víctima de escenarios multinacionales tales como los déficits gemelos y el síndrome holandés.
Los déficits gemelos, establecen un vínculo causal entre el saldo presupuestario del sector público y el saldo en la cuenta corriente.
El déficit fiscal promedio de Bután en los últimos 20 años ha sido de alrededor de −3,5% del PIB, reflejando una secularización del Estado como financiador del crecimiento nacional; por su parte, el déficit de cuenta corriente promedio de Bután en los últimos 20 años ha sido cercano a −19% del PIB, reflejando una fuerte dependencia de importaciones y un modelo económico basado en proyectos hidroeléctricos financiados externamente; por lo que se prueba que la producción interna no está equilibrada sistémicamente con la demanda del mismo género, lo cual contradice al principio básico de austeridad que profesa el budismo.
Síndrome Holandés: dada la rigidez de la oferta con respecto al ingreso de una economía abierta, la sobreoferta de divisas conduce a una apreciación de la moneda doméstica, lo que encarece el costo de las exportaciones y reduce el costo de las importaciones; de esta forma, se incita a importar, pero no a producir internamente.
El balance comercial promedio de Bután en los últimos 20 años ha sido deficitario y equivalente a alrededor de −20% del PIB porque Bután es una economía compradora, pero no productora; es decir que privilegia el buy, pero desecha el make. Toda economía compradora no diversifica su producción interna en un entablado económico donde la sobreoferta de divisas no encuentra alternativas de inversiones productivas y por esto recicla la captura de rentas por parte de nacionales o extranjeros.
Como existe una diferencia importante entre sintomatología y enfermedad, la reiteración del síndrome holandés da razón de una economía enferma de rentismo; es por esto que no debe traducirse dutch disease por enfermedad holandesa, sino por síndrome holandés. La economía rentista de Bután es una estructura artefactual, mientras que el síndrome holandés se manifiesta coyunturalmente. De todas maneras, designa los efectos negativos sobre el desarrollo económico que causan las rentas que no desarrollan a las ganancias de productividad.
En los últimos 20 años, Bután gastó más de lo que produjo; es decir que vivió por encima de sus recursos sin ninguna austeridad y por esto tuvo que endeudarse con el exterior. La deuda pública promedio durante los últimos 20 años ha sido de aproximadamente 97.50% del PIB, lo que refleja un endeudamiento sistemático no solamente muy abultado, sino también la tendencia a eternizarse propia del oportunismo intergeneracional, pero no de la progenitura solidaria con su prole.
La productividad total de factores en Bután muestra un estancamiento relativo frente a otras economías asiáticas y globales: su crecimiento ha sido impulsado por la hidroelectricidad, pero con baja diversificación, mientras que países como Vietnam, India o China han logrado aumentos sostenidos de la misma gracias a la manufactura y los servicios dinámicos. En Bután durante los últimos 20 años, se verificó el estancamiento ricardiano de la economía rentista que perdurará en el corto y mediano plazo actuales. Solo en el caso de que Bután reforme en serio a la economía rentista basada en la hidroelectricidad pública, el largo plazo podrá, y solo podrá, diversificar el aparato productivo interno y neutralizar hasta erradicar al síndrome holandés.
En los últimos 20 años, la emigración juvenil (menores de 35 años) en Bután es alarmante en proporción con su pequeña población: casi 2 de cada 15 habitantes ha partido; o sea: 7% de la población nacional igual a 777 mil habitantes. En los últimos 5 años, emigraron en promedio 57 mil jóvenes con destino histórico hacia India, Bangladesh y Sri Lanka; pero con destino actual hacia Australia, Estados Unidos y Europa para quedarse en estas naciones, pero no para regresar a Bután.
Solo el charlatán rey Jigme Singye Wangchuck, pudo y puede hablar de Felicidad Nacional Bruta.
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